Nuestras vecinas “las mujeres pecadoras”

De “A ras del suelo”

Luisa González, Costa Rica

Narradora Allá por el año 1912, la Puebla era el barrio más pobre, más sucio, escandaloso y relajado de la capital. Zona donde crecían a sus anchas el vicio, la miseria y la prostitución. Allí en esa zona, “zona de tolerancia”, estaba ubicado “mi hogar, mi dulce hogar”.

La fama de La Puebla se debía fundamentalmente, a que en ese barrio estaba instalada una veintena o más de prostitutas de la más baja calaña, cuyo negocio daba al barrio los colores más crudos, violentos y grotescos.

Para nosotros, chiquillos hijos de familias proletarias, las calles y las casuchas donde vivían aquellas mujeres, constituían un espectáculo diario, incitante, lleno de misterio, de curiosidad, de picardía y de instrucción morbosa y precoz, sobre los más escabrosos temas sexuales.

Unos y otros, todos los güilas, tejíamos clandestinamente, las más absurdas y extrañas fantasías sobre la vida y milagros de eso que llaman “mujeres de la vida alegre”, “mujercillas”, “putas”.

Sabíamos que la palabra “puta” era una vulgaridad y una malacrianza que nunca debía decirse; así lo aprendimos desde el día en que la tía Chana le restregó un chile picante en l los labios a mi primo Carlos a quien le gustaba andar diciendo el indecente vocablo.

“Mujeres de la vida alegre”, ¿por qué las llamarían así?, ¿de la vida alegre?, ¿de cual vida?. No. No eran alegres aquellas mujeres cuyos rostros extraños se grabaron muy hondo en mi mente infantil.

Todos los chiquillos del barrio sabíamos mejor que la tabla de multiplicar, los nombres y leyendas que circulaban de boca en boca acerca de la ordinaria vida de las mujercillas de La Puebla. Alguna vez, ingenuamente hasta se nos ocurrió jugar de “mujercillas”. Nos vestimos con unos trajes largos de nuestras tías, nos pintamos las mejillas y los labios, y nos pusimos a quemar hojas secas, imitando los sahumerios que enciende esas pecadoras.

Una vez intrigados por la malicia y la curiosidad preguntamos a la tía Chana: ¿por qué a esas señoras les dicen “mujeres de la vida alegre”?

Chana ¡No sean sacalas, ni preguntones, ustedes no están en edad para saber esas cosas. ¿Quién los tiene preguntando lo que no les importa?

Narradora repuso Chana, dándonos un empujón, mientras nos hacía saber que esas preguntas debíamos apuntarlas en la lista de los pecados, como malos pensamientos que teníamos que confesar al cura de La Dolorosa.

Una carcajada estruendosa ahogó la regañada de mi tía Chana. Mis tíos zapateros, desde su mesilla de trabajo, contestaron con brutal crudeza nuestra pregunta:

Tío ¿Saben por qué las llaman de la vida alegre? Pues sencillamente porque son unas vagas, porque no tiene que trabajar para ganarse la vida: son unas frescas, se pasan pereceando todo el día, mientras uno está aquí sudándose la chaqueta.

Narradora Chistes y comentarios groseros y vulgares siguieron la discusión familiar, hasta que mi madre, enfurecida impuso silencio, para tratar de hacer respetar la inocencia de los niños que oíamos perplejos.

Madre ¡Cállense por dios santo! No sean tan relajados para hablar así delante de los chiquillos. Vean que en la familia tenemos tres muchachas que van para arriba.
¡Sinvergüenzas y bandidos que son los hombres!. Así que gozan bien de esas pobres mujeres, vienen luego a comérselas vivas, a despellejarlas, a burlarse de ellas.

Narradora ¡Qué extraño!, pensaba yo para mis adentros, mi madre parece defender a las mujercillas. ¿Por qué será? Allá, en lo más íntimo de mi corazón, yo sentía, con extraño temor que nosotros los niños, también teníamos cierta simpatía, tal vez dominada por la curiosidad y el misterio, por esas vecinas pecadoras que ponían notas tan pintorescas en el barrio.

Quiénes, sino ellas, fueron las que varias veces nos salvaron de una cuereada por haber perdido un diez o una peseta del vuelto de la pulpería. Muchas veces las vimos abrir sus carrieles perfumados para darnos las monedas que habíamos perdido o cachado secretamente para comprar botellitas de azúcar con licor.

Muchas veces se nos salieron las lágrimas cuando veíamos la ambulancia cargando a la pobre de Silvia, borracha y ojerosa, que le decía adiós a su gatita parda, que se quedaba maullando en la puerta desvencijada de su casilla.

Mí tía Chana nos jalaba de las orejas para evitarnos aquel espectáculo, y con vos entrecortada nos decía:

Chana ¡Chiquillos más tontos¡, ¿Por qué lloran por eso? ¿No ven que Silvia está borracha y que la policía tiene que cumplir con la ley?

Narradora Ella disimulaba, pero nosotros sabíamos que tenía un nudo en la garganta.

Nosotros le explicábamos que no eran por Silvia nuestras lágrimas sino por la pobre gata que maullaba como una bisagra herrumbrada. Entonces mi tía Chana preparaba una sopa de leche en un tarrillo y nos mandaba llevarle al pobre animal.

Éramos, como todos los niños del mundo, unos chiquillos buenos, sentimentales, generosos y agradecidos. Crecíamos en aquel barrio sórdido y miserable, como crecen tantas plantas entre la tierra seca y dura, pero en nuestras almas florecían los sentimientos que, a pico y pala, cultivaban con energía y gracia singular, mi madre y mis tías, en aquel hogar del barrio de La Puebla.

Tu otra cabeza, tu otra memoria. Eduardo Galeano

Desde el reloj de sol del convento de San Francisco, una lùgubre inscripcion recuerda a los caminantes la fugacidad de la vida: Cada hora que pasa te hiere y la ùltima te matarà.

Son palabras escritas en latìn.

Los esclavos negros de Bahìa no entienden latìn ni saben leer. Del Africa trajeron dioses alegres y peleones: con ellos estàn, hacia ellos van.

Quien muere, entra.

Resuenan los tambores para que el muerto no se pierda y llegue a la regiòn de Oxalà. Allà en la casa del creador de creadores, lo espera su otra cabeza, la cabeza inmortal.

Todos tenemos dos cabezas y dos memorias.

Una cabeza de barro, que serà polvo, y otra por siempre invulnerable a los mordiscos del tiempo y de la pasiòn.

Una memoria que la muerte mata, brùjula que acaba con el viaje, y otra memoria, la memoria colectiva, que vivirà mientras viva la aventura humana en el mundo.

Cuando el aire del universo se agitò y respirò por primera vez, y naciò el dios de dioses, no habìa separaciòn entre la tierra y el cielo.

Ahora parecen divorciados; pero el cielo y la tirra vuelven a unirse cada vez que alguien muere, cada vez que alguien nace y cada vez que alguien recibe a los dioses en su cuerpo palpitante.

Eduardo Galeano, da Memoria del Fuego – Las caras y las màscaras

LA DEUDA

NARRADORA
Sixto Encarnación caminaba cabizbajo, sumido en profundos pensamientos. Con la mirada parecía preguntarle a sus descalzos pies, sucios y encallecidos:

SIXTO
¿Por qué soy tan desgraciado? ¿Por qué tiene que ocurrirme estas cosas? ¿A mí que no tengo tierras, ni vacas, ni casa, ni nada? ¿Si solo tengo por fortuna cinco hijos hambrientos y una mujer encinta, mal cobijados en un miserable rancho, de una sola habitación, que apenas se mantiene parado?

NARRADORA
Iba pensando, pero no iba solo con sus pensamientos. Lo acompañaba, a unos pasos detrás, “carabina al hombro y bayoneta calada”, un guardia que lo conducía a la prisión de la Fortaleza, que distaba cerca de un kilómetro del Juzgado.
Lo que más recordaba con claridad era la voz del Juez cuando dijo:

JUEZ
Se declara a Sixto Encarnación Pérez, culpable de violar el artículo…. . de la Ley… y en consecuencia se condena a un mes de prisión correccional, al pago de una multa de 250 pesos, sin perjuicio de la deuda que tiene contraída con…

NARRADORA
Recordaba también con claridad, que el día anterior había recibido la citación del Juzgado de Paz para comparecer a la audiencia que tendría efecto al día siguiente, a las 9:00 de la mañana.

El campo donde vivía distaba a unos seis kilómetros de la ciudad. Y él, que no tenía siquiera un burro que lo condujera sobre el lomo, había realizado todo ese trayecto caminando. Desafiando las espinas del oscuro camino, con el estómago vacío y la esperanza de una prórroga.
A pie, hambriento, pero ya sin ninguna esperanza, seguía camino a la prisión.

Y mientras que en su mente se mezclaban tantos pensamientos, su rostro se iba contrayendo. Ya sus ojos no reflejaban la bondad natural que reflejan los ojos de los campesinos.
Su cara daba la impresión de que en su corazón se había albergado, no el odio, sino el asco. La repugnancia de tanta “legalidad”, de tanta formalidad y de tan poca justicia.
Recordaba también que su mujer le había aconsejado no ir al tribunal ese día.

MUJER
Vamonos a otro sitio, Sixto. Aquí no se puede vivir. Nos estamos cayendo muertitos y encima desto la deuda del Banco… Tenemos que hacer como mi compadre Damián. Ese se que se fue bien lejos. Lo citaron y se cansaron de citarlo y ya no lo molestan más…

NARRADORA
Pero Sixto Encarnación se negó rotundamente. Su compadre era un hombre y él era otro. Él pensaba que la ley debe cumplirse, más, cuando se ha contraído una deuda y no se ha podido pagar.

Ahora, cuando no había remedio, se culpaba de no haberle hecho caso a su mujer. De haber tenido un alto concepto del deber y haber confiado en la justicia.

Estaba consciente además de que Don Fulano y Don Zutano adeudaban cientos de miles de pesos, tenían tierras buenas, ganado y grandes casas en la ciudad. Sin embargo, nunca eran molestados. Y si eran citados alguna vez, ya sabrían ellos arreglar la cosa para que el Banco les prorrogara el plazo y se reenviara la causa.

Y no es que él no hubiese pedido eso. Había rogado. Casi implorado de rodillas, en nombre de la miseria y de su mala suerte que le aplazaran su causa, que le prorrogaran el plazo, que le dieran una oportunidad, otros créditos. Que la sequía y los bajos precios le hicieron fracasar la cosecha, que…

Pero el delegado del Banco había dicho que no tenía autorización para eso. Que tampoco tenían ellos la culpa de que la mayor parte de la cosecha se perdiera; de que no lloviera ese año, etcétera, etcétera…
Que al igual que a él, le había sucedido a cientos de campesinos. Unos estaban presos y otros habían huido, abandonando el lugar.

Le dolía la cabeza de pensar en su mujer y en sus hijos. ¿Qué comerían hoy, y mañana y pasado mañana y dentro de un mes, si es que aún sobrevivían? ¿Qué iba a ser de ellos, ahora que él no podía ganarse los cincuenta centavos “echando días” de sol a sol, trasplantando arroz en cualquier finca?

SIXTO
¡Si ellos pudieran…! Pero el mayor mis hijos apenas llega a los nueve años y mi mujer con ocho meses de embarazo…

NARRADORA

Y le dolían tantas cosas, que ya no sabía cuál le dolía más.

POLICIA
Por aquí,

NARRADORA
le indicó el sargento de guardia, señalándole la puerta que daba acceso a la Fortaleza, donde se acostumbra a registrar a los reclusos, antes de llevarlos a sus celdas.

POLICIA
¡Quítese la faja y sáquese los bolsillos!

NARRADORA
agregó secamente.

La brisa abatió con fuerza el endeble cuerpo de Sixto. Solo entonces reparó que habían llegado a la cárcel que se levantaba en el cerro, en las afueras de la ciudad.

Mecánicamente cumplió lo ordenado. Entregó una faja raída que apenas sostenía sus pantalones. Los bolsillos no contenían absolutamente nada. Asentía a todo. Parecía que ya nada le importaba. Lo registraron de pies a cabeza. Guardaron la faja en un viejo armario. Lo hacían siempre como medida de precaución para que no se ahorquen en sus celdas los presos desesperados.

Lo condujeron a la cárcel común, un edificio de mampostería sin pintar. Allí estaría acompañado de ladrones y asesinos.
Pero él no reparaba en nada. Ya todo le parecía igual. Fue a sentarse a un rincón de aquella estrecha y atestada celda y aún oía su propia voz implorando clemencia al delegado del Banco.

“El Juez decía que esa era una ley de fomento que tenía un carácter especial, en la que el Banco tenía la última palabra. Como funcionario judicial, él no podía hacer otra cosa que aplicar la ley”.

“El gerente de la Sucursal diría que son órdenes superiores”.

“El Consejo de Administración afirmaría que el Banco tiene mucho dinero en la calle. Que de alguna forma debe recuperarse para poder seguir prestando y colaborando al fomento y desarrollo de la agropecuaria nacional. Por eso habían ordenado esas medidas, igual para todos”

“El Gobierno hubiera dicho que la Ley es La Ley para todos” y nada más.

En todo eso pensaba, y su rostro seguía contrayéndose hasta quedar convertido en una masa amorfa, sin expresión definida, arrugada.

Un fuerte relámpago lo sacó de sus cavilaciones. En realidad eran ahora las cinco de la tarde, habían llamado a cenar y estaba lloviendo a cántaros.

Ahora llovía. El agua que debió caer cuando preparaba sus tierras caía ahora. Y con qué fuerza.No había comido. Tampoco quiso cenar. Le atormentaba saber que los suyos estarían hambrientos a esa hora… y más tarde.
La celda se había oscurecido. El cielo seguía muy nublado y en medio, aquella lluvia torrencial. Sixto hablaba a solas en forma extraña y casi imperceptible. Parecía delirar. Los demás reclusos le miraban con curiosidad y asombro, aunque él no lo notaba en absoluto.

SIXTO
¿Porqué llueve ahora? (con desesperación y dolor)

NARRADORA
le preguntaba a la pared.

SIXTO
¿Por qué no llovió antes? ¿Por qué?

NARRADORA
Calló de repente. Se recostó en aquel frío piso de concreto y poco a poco se fue quedando dormido.
Sixto Encarnación Pérez había decidido que tenía que dormir. Que necesitaba dormir para descansar. Que tenía que reponer energías, porque las necesitaría mañana, para pensar de nuevo…

De Cómo Vemos El Mundo. Capitalismo. Despojo y Explotación

Pues vemos que el capitalismo es el que está más fuerte ahorita. El capitalismo es un sistema social, o sea una forma como en una sociedad están organizadas las cosas y las personas, y quien tiene y quien no tiene, y quien manda y quien obedece.

En el capitalismo hay unos que tienen dinero o sea capital y fábricas y tiendas y campos y muchas cosas, y hay otros que no tienen nada sino que sólo tienen su fuerza y su conocimiento para trabajar; y en el capitalismo mandan los que tienen el dinero y las cosas, y obedecen los que nomás tienen su capacidad de trabajo.

Y entonces el capitalismo quiere decir que hay unos pocos que tienen grandes riquezas, pero no es que se sacaron un premio, o que se encontraron un tesoro, o que heredaron de un pariente, sino que esas riquezas las obtienen de explotar el trabajo de muchos.

O sea que el capitalismo se basa en la explotación de los trabajadores, que quiere decir que como que exprimen a los trabajadores y les sacan todo lo que pueden de ganancias.

Esto se hace con injusticias porque al trabajador no le pagan cabal lo que es su trabajo, sino que apenas le dan un salario para que coma un poco y se descanse un tantito, y al otro día vuelta a trabajar en el explotadero, que sea en el campo o en la ciudad.

Y también el capitalismo hace su riqueza con despojo, o sea con robo, porque les quita a otros lo que ambiciona, por ejemplo tierras y riquezas naturales. O sea que el capitalismo es un sistema donde los robadores están libres y son admirados y puestos como ejemplo.

Y, además de explotar y despojar, el capitalismo reprime porque encarcela y mata a los que se rebelan contra la injusticia.

Al capitalismo lo que más le interesa son las mercancías, porque cuando se compran y se venden dan ganancias. Y entonces el capitalismo todo lo convierte en mercancías, hace mercancías a las personas, a la naturaleza, a la cultura, a la historia, a la conciencia. Según el capitalismo, todo se tiene que poder comprar y vender. Y todo lo esconde detrás de las mercancías para que no vemos la explotación que hace. Y entonces las mercancías se compran y se venden en un mercado.

Y resulta que el mercado, además de servir para comprar y vender, también sirve para esconder la explotación de los trabajadores. Por ejemplo, en el mercado vemos el café ya empaquetado, en su bolsita o frasco muy bonitillo, pero no vemos al campesino que sufrió para cosechar el café, y no vemos al coyote que le pagó muy barato su trabajo, y no vemos a los trabajadores en la gran empresa dale y dale para empaquetar el café.

O vemos un aparato para escuchar música como cumbias,rancheras o corridos o según cada quien, y lo vemos que está muy bueno porque tiene buen sonido, pero no vemos a la obrera de la maquiladora que batalló muchas horas para pegar los cables y las partes del aparato, y apenas le pagaron una miseria de dinero, y ella vive retirado del trabajo y gasta un buen en el pasaje, y además corre peligro que la secuestran, la violan y la matan como pasa en Ciudad Juárez, en México.

O sea que en el mercado vemos mercancías, pero no vemos la explotación con las que se hicieron. Y entonces el capitalismo necesita muchos mercados… o un mercado muy grande, un mercado mundial.

Y entonces resulta que el capitalismo de ahora no es igual que antes, que están los ricos contentos explotando a los trabajadores en sus países, sino que ahora está en un paso que se llama Globalización Neoliberal.

Esta globalización quiere decir que ya no sólo en un país dominan a los trabajadores o en varios, sino que los capitalistas tratan de dominar todo en todo el mundo.

Y entonces al mundo, o sea al planeta Tierra, también se le dice que es el “globo terráqueo” y por eso se dice “globalización” o sea todo el mundo.

Y el neoliberalismo pues es la idea de que el capitalismo está libre para dominar todo el mundo y ni modos, pues hay que resignarse y conformarse y no hacer bulla, o sea no rebelarse. O sea que el neoliberalismo es como la teoría, el plan pues, de la globalización capitalista. Y el neoliberalismo tiene sus planes económicos, políticos, militares y culturales.

En todos esos planes de lo que se trata es de dominar a todos, y el que no obedece pues lo reprimen o lo apartan para que no pasa sus ideas de rebelión a otros.

Hamlet Machine

Yo no soy Hamlet. Ya no represento ningún papel. Mis palabras ya no me dicen nada. Mi pensamiento se chupa la sangre de las imágenes. Mi drama ya no tendrá lugar. El decorado es construido a mis espaldas. Por gente a quien no le importa mi drama, para gente a quien no le afecta. A mi tampoco me afecta. Yo no juego más.

Sin que el actor Hamlet lo perciba, los utileros traen una heladera y tres televisores. El decorado es un monumento.

Ruido de la heladera. Tres canales sin sonido.

El monumento representa, cien veces ampliado,
a un hombre que hizo historia. Una esperanza petrificada. Su nombre es intercambiable. La esperanza no se cumplió. El monumento está tirado en el piso, demolido tres años después de las exequias oficiales del igualmente odiado y venerado por quienes lo sucedieron en el poder. La piedra está habitada. En los amplios agujeros de la nariz y los ojos, en los pliegues de la piel y del uniforme del monumento derribado, reside el sector indigente de la población de la metrópolis. Al tiempo de rigor después de la caída del monumento le sucede le sublevación.

Mi drama, si aún tuviera lugar., sería en la época de la sublevación. La sublevación se inicia a manera de paseo, un paseo contrario a las leyes del tránsito, en horas de trabajo. La calle es de los peatones. Aquí y allá se vuelca algún auto. Pesadilla de un lanzador de cuchillos: desplazamiento lento por una calle de mano única hasta llegara una irrevocable playa de estacionamiento cercada por peatones armados. La policía, si interfiere el paso, es barrida hacia los costados. Una vez que la marcha llega al sector de los organismos oficiales, un cordón policial la bloquea. Se forman grupos de los que emergen oradores. En el balcón de la casa de gobierno aparece un hombre mal enfundado en un frac y también comienza a hablar. Cuando lo alcanza la primera piedra, también él se refugia detrás de la puerta de cristal blindado. El reclamo por mayor libertad se convierte en el grito por el derrocamiento del gobierno Se empieza a desarmar a la policía, se asaltan dos o tres edificios, una cárcel, una comisaría, una oficina de la policía secreta, se cuelga cabeza abajo a una decena da peones del poder, el gobierno recurre al ejército, tanques. Mi lugar, si mi drama aún tuviera lugar, estaría a ambos lados del frente, entre los frentes, por encima. Yo, dentro del olor sudoroso de la muchedumbre, le tiro piedras a la policía soldados tanques vehículos blindados, cristal blindado.

Yo, mirando a través de las puertas del cristal blindado la masa que se agolpa, huelo el sudor de mi miedo. Yo, ahogado por las ganas de vomitar agitando el puño en contra de mí, parado detrás del vidrio blindado. Yo, transido de miedo y desprecio me veo a mí en medio de la agolpada muchedumbre, con espuma en la boca agitando el puño en mi contra. Cuelgo de los pies a mi propia carne uniformada. Yo soy el soldado en la boca del tanque, mi cabeza vacía debajo del casco, el grito sofocado bajo las orugas del tanque. Yo soy la máquina de escribir. Yo hago el nudo para la horca de los cabecillas, yo retiro el taburete, yo me rompo la nuca. Yo soy mi propio prisionero. Yo alimento a las computadoras con mis datos. Hago el papel de saliva salivadera escupitajo cuchillo y herida diente y pescuezo soga y cuello. Yo soy el banco de datos. Sangrando en la muchedumbre, recobrando el aliento detrás de la puerta de cristal. Segregando una flema de palabras por encima de la batalla en mi burbuja impermeable al sonido.

Mi drama no tuvo lugar. Se perdió el texto. Los actores colgaron sus caras del gancho del camarín. El apuntador se pudre en su fosa. Sobra las butacas, apestados cadáveres disecados no mueven ni un dedo. Me voy a casa a matar el tiempo, unido I con mi yo no dividido.

Televisión Asco Día tras día asco Asco del palabrerío premasticado De la felicidad en recetas Cómo se escribe la palabra CONFORT el homicidio nuestro de cada día danos Señor porque tuya es la nada Asco de las mentiras de los que mienten a quien sólo les creen los mentirosos Asco del hocico de los hombres de acción marcada por la lucha en pos de puestos votos cuentas bancarias Asco Cuadriga que destella agudezas Atravieso las calles los centros comerciales caras con la cicatriz de la lucha por el consumo Pobreza sin dignidad Pobreza sin la dignidad del cuchillo del puño armado del cuerpo humillado de las mujeres Esperanza de generaciones ahogada en sangre cobardía estupidez Risas desde las barrigas muertas Heil COCA COLA Mi reino por un asesino.

La Petaca. De Salarrue. El Salvador

Era pálida como la hoja mariposa; bonita y triste como la virgen de palo que hace con las manos el bendito; sus ojos eran como dos grandes lágrimas congeladas; su boca, cómo no se había hecho para el beso, no tenía labios, era una boca para llorar; sobre los hombros cargaba una joroba que terminaba en punta: La llamaban la peche María.

En el rancho eran cuatro: Tules, el tata; La Chon su mamá, y el robusto hermano Lencho. Siempre María estaba un grado abajo de los suyos. Cuando todos estaban serios, estaba llorando; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos reían, ella sonreía; no rió nunca. Servía para buscar huevos, para lavar trastes, para hacer rir…

¡Quitá diay, si no querés que te raje la petaca!

¡Peche, vos quizá sos hija del cerro!

Tules decía:

Esta indizuela no es feya; en veces mentran ganas de volarle la petaca, diún corvazo!

Ella lo miraba y pasaba de uno a otro rincón, doblaba de lado la cabecita, meciendo su cuerpecito endeble, como si se arrastrara. Se arrimaba al baúl, y con un dedito se estaba allí sobando manchitas, o sentada en la cuca, se estaba ispiando por un hoyo de la paré a los que pasaban por el camino.

Tenían en el rancho un espejito ñublado del tamaño de un colón y ella no se pudo ver nunca la joroba, pero sentía que algo le pesaba en las espaldas, un cuenterete que le hacía poner cabeza de tortuga y que le encaramaba los brazos: La Petaca.

Tules la llevó un día onde el sobador.

Léi traido para ver si uste le quita la puya, pueda ser que una sobada…

Hay que hacer perimentos difíciles, vos, pero si me la dejás unos ocho días, te la sano todo lo posible.

Tules le dijo que se quedara.

Ella se jaló de las mangas del tata; no se quería quedar en
la casa del sobador y es que era la primera vez que salía
lejos, y que estaba con un extraño.

Papá, paíto, ayéveme, no me deje!

Ai tate, te digo; vuá venir por vos el lunes.

El sobador la amarró con sus manos huesudas.

Andate ligero, te la vuá tener!

El tata se fue a la carrera. El sobador se estuvo acorralándola por los rincones, para que no se saliera. Llegaba la noche y cantaban gallos desconocidos. Moqueó toda la noche. El sobador vido quera chula.

Yo se la sobo; ¡ajú!- pensaba, y se reiba en silencio.

Serían las doce, cuando el sobador se le arrimó y le dijo que se desnudara, que le iba a dar la primera sobada. Ella no quiso y lloró más duro. Entonces el indio la trincó a la juerza, tapándole la boca con la mano y la dobló sobre la cama.

¡Papá, papita!…..

Contestaban las ruedas de la carretera noctámbulos, en los baches del lejano camino.

El lunes llegó Tules. La María se le presentó gimiendo…el sobador no estaba.

¿Tizo la peración, vos?

Sí papa…

Te dolió vos?

Sí, papá…

Pero yo no veo que se te rebaje…

Dice que se me vir bajando poco a poco….

Cuando el sobador llegó, Tules le preguntó cómo iba la cosa.

Pues, va bien le dijo, sólo quiay que esperarse unos meses. Tiene quirsele bajando poco a poco.

El sobador viendo que Tules se la llevaba, le dijo que porqué no se la dejaba otro tiempito, para más seguridá; pero Tules no quiso, porque la peche le hacía falta en el rancho.

Mientras el papa esperaba en la tranquera del camino, el sobador le dio la última sobada a la niña. Seis meses después, una cosa rara se fue manifestando en la peche María. La joroba se le estaba bajando a la barriga. Le fue creciendo día a día de un modo escandaloso, pero parecía como si la de la espalda no bajara gran cosa.

¡Hombre! dijo un día Tules, ¡esta babosa tá embarazada!

¡Gran poder de Dios! -dijo la nana. ¿Cómo jué la peración que te hizo el sobador, vos?…. ella explicó gráficamente.

¡Ayjuesesentamil! rugió Tules ¡mianimo ir a volarle la cabeza!

Pero pasaba el tiempo de ley y la peche no se desocupaba. La partera, que había llegado para el caso, uservó que la niña se ponía más amarilla, tan amarilla, que se taba poniendo verde. Entonces diagnosticó de nuevo.

Esta lo que tiene es fiebre pútrida, manchada con aigre de corredor.

¡Eee?……

Mesmamente, hay que darle una güena fregada, con tusas empapadas en aceiteloroco, y untadas con kakevaca.

Así lo hicieron. Todo un día pasó apagándose; gemía. Tenían que estarla volteando de un lado a otro. No podía estar boca arriba, por la petaca; ni boca abajo por la barriga.

En la noche se murió. Amaneció tendida de lado, en la cama que habían jalado al centro del rancho. Estaba entre cuatro candelas. Las comadres decían:

Pobre, tan güena quera; ¡ni se sentía la indizuela de mansita!

¡Una santa! ¡Si hasta, mirá, es meramente una cruz!

Más que cruz, hacía una equis, con la línea de su cuerpo y la de las petacas. Le pusieron una coronita de siemprevivas. Estaba cómo en un sueño profundo; y es que ella siempre estuvo un grado abajo de los suyos, cuando todos estaban riendo, ella sonreía; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos estaban serios, ella lloraba; y ahora, que ellos estaban llorando, ella no tuvo más remedio que estar muerta…